La razón de por qué quema el hielo es porque todos tenemos un fuego interno.

lunes, 31 de mayo de 2010

La música del universo


Paso lento tras sus talones agrietados, arraigados de un pasado inexistente.
Las únicas monedas que guardaba entre el hielo de los cráteres eran miradas hinchadas que chocaban en cada viaje, xilófonos alegres sobre sus falanges de Orión; y a cada expedición un nuevo niño había aprendido inexplicablemente esa melodía perdida.
Este era otro planeta. La gravedad le hacía daño en los pies, sentía esa curvatura negativa en la planta desde hace tiempo. Aún podía volar en el espejo de sus huellas de anhelos sucios y baratos, borrados por pestañas que sólo ensuciaban más, empañaban el cristal impidiendo divisar a los astros gemir y la tela cercana de iris olvidados.
Ausencia-carmín dibujó trazos exactos y la puerta se abrió.
Nunca había visto nada parecido: uniformes con nombres etiquetados, estantes repletos de instantes con caducidad fijada. Más allá había transfusiones de ego en hospitales, neones con la tonalidad de pájaros azules en jaulas de terciopelo reclamando su condición de esclavo. El rumbo enfermo tenía funciones destacadas y no había lágrimas suficientes para hacerles hablar, pero sí para callar arrogancia y deshacer el alba de faringes engañadas que expandían una alfombra rutinaria por esta avenida de parajes que todos creían saber.
Agarró un paquete de yogures de gluones por donde más le dolía, enfiló su traje y desprendió toda la materia negra que hilaba vacío aparente en su cartera hasta que deslumbró medio hylem con el que pagó y salió circundando la salida hasta ver a un mendigo en la puerta de pelo gris alborotado y piel rojiza vistiendo un chaleco publicitario de una ebanistería sobre una camisa a rayas, vestía ojos de borracho o de llorador.
Su mano flotante esperaba a que el valor de la vida reposara en el fondo del sombrero que sujetaba, aún siendo cierto que el valor de la vida no sabe volar ni esperar en una superficie como para reposar.
El astronauta apartó la escafandra de su cabeza y colocó ésta en su sombrero. Relajó el paso. Llegaba tarde al trabajo y ya habían cavado una fosa con los dedos en los bolsillos mientras permanecía sentado en una rama arrancando con la cuchara la escasa azúcar que quedaba en el reloj. Sólo tenía un círculo de café cortado cósmico en un mapa incierto de barrios interestelares, en los cuales dejaban secar la miseria tendida en ventanas distorsionadas de lo desconocido, y observaba cómo tras bajar las escaleras Charles Conrad se tumbó en aquella fosa con la cara del mendigo.
Dejó caer la basura estelar en las raíces del árbol, siendo éstas últimas la súbita calma de la infancia, y volvió a la astronave con la galaxia en el llavero pensando que le depararía el consumismo en otro Universo.

viernes, 21 de mayo de 2010

Error relativo



Esta mañana esperaba apoyado en una farola ansioso de que sangrara la luz del semáforo de los automóviles y yo corriera a socorrerla a la acera contigua. Pero el de los peatones no ha realizado una respuesta verde correcta, de manera que los dos semáforos han compartido 5 segundos hablando órdenes a los demás con el mismo idioma. Y al verlos sangrar he sentido la necesidad de soplarles las heridas blancas que suelen pisarle hasta que se mantiene la noche, para aliviarles. 

Casi me atropello por anteponerme al presente, por adelantarme a los acontecimientos y no esperar a una respuesta verde sabiendo que la naturaleza es verde, y ésta nunca ha desistido de ser exacta, por eso aún nos llora si el asfalto está cercano.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Quemar días no es noticia



Circulando por este pasillo subterráneo al que llamaron Vida, entre tus besos de metal helado y las latas vacías que hacen a su vez de cenicero, me encuentro por el recorrido a mujeres que me ofrecen calendarios, hombres deseosos de que les compre un mechero, y a mi izquierda un niño en silencio sonríendo mientras vende periódicos con el titular "Los psicólogos no saben llorar".

Delirios


Manda huevos que tenga que ir hasta la ciudad para regalarte un ramo de lirios y que luego huyamos de ella para ver su humo sentado en el horizonte, su lejano humo, desde mi bosque interno, con la secante luz de mis hojas que aún deja ver aquellos índices señalando escaparates en los que involuntariamente se ven reflejados. Ellos no tienen la idea de comprarse, al menos por hoy.



Era sólo una excusa para titular a la entrada Delirios.

El amor en el fuego, y lo demás es luz (o sombra)



Una vela sabe que necesita oxígeno para conseguir su combustión. De ese oxígeno nos enamoramos, y a cada mínimo extracto de cera que se derrite creemos que es amor, aunque el amor, realmente, sea cuando la vela se haya derretido por completo, y ya no existirá ceniza en nuestros ojos porque la sombra de los besos alumbran más que el televisor. 

Nos intentamos convencer de que lo hemos visto, lo hemos sentido, que nos ha iluminado, pero no había luz, ni hay, para verlo y comprobarlo.

Love is on the floor



Enamorarse es que los sentimientos sean perros, tiren de la correa al oler algo llamativo al otro lado del muro y acabas corriendo detrás de ellos.

Los perros se restriegan en la pared, quieren saber que hay detrás, quieren lamer la comida que guarda dentro, pero sólo prueban el tacto desde fuera, ni siquiera echar un vistazo por la mirilla (pocos pueden).

Aunque al final siempre acaban meándose en la pared, nerviosos y enfadados.

Otra opción sería decirle al dueño que se disfrace de bolsillo vacío y que le pidiese al inquilino de su interior la poca comida que le queda, o buscar grietas, siempre habrá alguna.

lunes, 17 de mayo de 2010

Hemorragia (de dudas) interna



En un paraje gris, una hoja acaece incesante sin rumbo fijo y dudo que no tenga prisa por llegar a una silla que vomite un sueldo mensual bajo ella.
Mediante este curioso rectángulo que hicieron en los muros de esclavitud de nuestras casas observo ese charco en un toldo. Me pregunto cómo no puede cansarse de realizar su función: de permitir que los pesimistas que anclan su cabeza en el alquitrán puedan ver el cielo y sus formas a través de la luz.
Dudo mucho que el ser humano sea incapaz de reflejar unas décimas de brillo en su laguna interna.

No, no lo dudo, es el hombre entre la naturaleza.


Tras la opacidad de tus lágrimas dudo mucho que puedas brillar.

Que alguien llame a un fontanero



Busco una gotera en mi interior
que me salve o crucifique o
tan sólo me proporcione algo de higiene.

La gente, teme las goteras
por ser un espacio permisivo
que pide que te muestres.

domingo, 16 de mayo de 2010

Y lo demás, es luz o sombra.



Pretendía prender fuego con un poco de epidermis
aún sabiendo que el mismo fuego sería al final ceniza.



Estoy en mitad del sucio pasillo oscuro y humedoso chocando el fósforo del pescado con la lija para ver la luz; no importa si su mirada es tenue.

sábado, 15 de mayo de 2010

Mira a tu alrededor



Una alcantarilla frente a un Congreso: la alcantarilla hace tiempo que está llena.
Un niño, pelota en mano, desde el trazo de adoquines de enfrente me enclava sus ojos feliz, me salpica de inocencia; pero de repente observo como en su pupila se dilata un adulto y se expande en él.
Un pobre, al otro ángulo de la esquina, está quemando el dólar; el color que desprende le hace feliz, su luz le pinta de humanidad los párpados.
Una pareja echa unas monedas al parquímetro y se besan, inertes se besan, sin apenas tener coche.
Una golondrina planea; los torrentes de libertad que impulsan sus alas me contagian, me hacen feliz.

Brindo por aquellos que no ven con los ojos.

La mujer sonríe aún cuando le rodean buitres.
(Éste es el motivo de su risa)

viernes, 14 de mayo de 2010

Vivo soñando lo que olvido, olvido los pétalos del daño y piso tierra


Maletas de hambre
cuando viajo con mujeres en el bolsillo
esquivando, entre el sudor de las vías, ojos que vienen del mañana;
son sólo brillo métalico buscando sesgar mi carne.
La vida galopa con desdén mi vacío
mientras las manecillas del reloj se desplazan desde el este al oeste sin previo aviso.
Tus ojos dentro de los míos, y la carta escrita en blanco
con el gris como remite.
Mojaste de ego mis labios,
me giré para verte pero ya no estabas.
Las vértebras del tiempo me susurran que te quise.

domingo, 18 de abril de 2010

La persistencia de la memoria


He perdido esa porción de vida que me pertenecía al escurrir los días en un coladero de inquietud, y la sorpesa fue la mía, al ver, que los momentos lo traspasaban y ningún hecho relevante permanecía. Ya no siento la respiración del viento como la sentía, si es que la sentí o fue un espejismo de mi memoria. Y con él se ha ido la calma, la brisa, las caricias que dejaban heridas; ahora, la vida se resume en una arruga de la sábana cuando yo, iluso, esperaba encontrarme dos. Pero aún me queda esa caja que me dieron por mi nacimiento con el aviso de que sólo la usara en el último intento. La destapo, y aparece: una sonrisa.

sábado, 20 de marzo de 2010

Enséñame a soportar el grito de las olas mudas

                        

-Háblame de soledad- me dijo el silencio, pero dentro de mí seguía lloviendo.

viernes, 19 de marzo de 2010

Sudores fríos



En un amago de estos, estiré el brazo intentando realizar lo que tanto soñé, acercarme a aquella masa tórrida, pero el simple hecho de tener tan presente el calor en mi confinidad me abrumaba. Dicen que al colocar una manecilla de reloj más pequeña de lo que ésta era la velocidad del cronómetro aumenta. Por esta razón, supongo, que la entropía fue aumentando de manera exponencial hacia el vacío dentro de mí.
Pero a nadie le importó, siguieron cabalgando en un híbrido entre lo que realmente son y cómo quieren que sean desde los ojos de cualquiera, desconociendo que así solo serían dueños del palacio de su ignorancia. A día de hoy sigo volando con alas de papel mojado y un abrigo tejido de calma, pero este frío me está matando, hasta llegado un punto en que el avance ha hecho crecer la evolución amnésica de mi recuerdo. 
Perdóname por seguir viviendo mientras mis dudas se desangran, perdóname por haber olvidado lo que cuando no estaba yo fui... O mejor, no me perdones. Aunque tu rencor siga anclado en tus ojos (y probablemente en los míos) como legañas, los niños aún saben sonreír. Hasta que llegue el día en que sueñen con acercarse a aquella masa tórrida y se consuman, pero ahora aún saben sonreír y el cielo tan lejano como mi conciencia, todavía, se puede tocar.