Paso lento tras sus talones agrietados, arraigados de un pasado inexistente.
Las únicas monedas que guardaba entre el hielo de los cráteres eran miradas hinchadas que chocaban en cada viaje, xilófonos alegres sobre sus falanges de Orión; y a cada expedición un nuevo niño había aprendido inexplicablemente esa melodía perdida.
Este era otro planeta. La gravedad le hacía daño en los pies, sentía esa curvatura negativa en la planta desde hace tiempo. Aún podía volar en el espejo de sus huellas de anhelos sucios y baratos, borrados por pestañas que sólo ensuciaban más, empañaban el cristal impidiendo divisar a los astros gemir y la tela cercana de iris olvidados.
Ausencia-carmín dibujó trazos exactos y la puerta se abrió.
Nunca había visto nada parecido: uniformes con nombres etiquetados, estantes repletos de instantes con caducidad fijada. Más allá había transfusiones de ego en hospitales, neones con la tonalidad de pájaros azules en jaulas de terciopelo reclamando su condición de esclavo. El rumbo enfermo tenía funciones destacadas y no había lágrimas suficientes para hacerles hablar, pero sí para callar arrogancia y deshacer el alba de faringes engañadas que expandían una alfombra rutinaria por esta avenida de parajes que todos creían saber.
Agarró un paquete de yogures de gluones por donde más le dolía, enfiló su traje y desprendió toda la materia negra que hilaba vacío aparente en su cartera hasta que deslumbró medio hylem con el que pagó y salió circundando la salida hasta ver a un mendigo en la puerta de pelo gris alborotado y piel rojiza vistiendo un chaleco publicitario de una ebanistería sobre una camisa a rayas, vestía ojos de borracho o de llorador.
Su mano flotante esperaba a que el valor de la vida reposara en el fondo del sombrero que sujetaba, aún siendo cierto que el valor de la vida no sabe volar ni esperar en una superficie como para reposar.
El astronauta apartó la escafandra de su cabeza y colocó ésta en su sombrero. Relajó el paso. Llegaba tarde al trabajo y ya habían cavado una fosa con los dedos en los bolsillos mientras permanecía sentado en una rama arrancando con la cuchara la escasa azúcar que quedaba en el reloj. Sólo tenía un círculo de café cortado cósmico en un mapa incierto de barrios interestelares, en los cuales dejaban secar la miseria tendida en ventanas distorsionadas de lo desconocido, y observaba cómo tras bajar las escaleras Charles Conrad se tumbó en aquella fosa con la cara del mendigo.
Dejó caer la basura estelar en las raíces del árbol, siendo éstas últimas la súbita calma de la infancia, y volvió a la astronave con la galaxia en el llavero pensando que le depararía el consumismo en otro Universo.
Las únicas monedas que guardaba entre el hielo de los cráteres eran miradas hinchadas que chocaban en cada viaje, xilófonos alegres sobre sus falanges de Orión; y a cada expedición un nuevo niño había aprendido inexplicablemente esa melodía perdida.
Este era otro planeta. La gravedad le hacía daño en los pies, sentía esa curvatura negativa en la planta desde hace tiempo. Aún podía volar en el espejo de sus huellas de anhelos sucios y baratos, borrados por pestañas que sólo ensuciaban más, empañaban el cristal impidiendo divisar a los astros gemir y la tela cercana de iris olvidados.
Ausencia-carmín dibujó trazos exactos y la puerta se abrió.
Nunca había visto nada parecido: uniformes con nombres etiquetados, estantes repletos de instantes con caducidad fijada. Más allá había transfusiones de ego en hospitales, neones con la tonalidad de pájaros azules en jaulas de terciopelo reclamando su condición de esclavo. El rumbo enfermo tenía funciones destacadas y no había lágrimas suficientes para hacerles hablar, pero sí para callar arrogancia y deshacer el alba de faringes engañadas que expandían una alfombra rutinaria por esta avenida de parajes que todos creían saber.
Agarró un paquete de yogures de gluones por donde más le dolía, enfiló su traje y desprendió toda la materia negra que hilaba vacío aparente en su cartera hasta que deslumbró medio hylem con el que pagó y salió circundando la salida hasta ver a un mendigo en la puerta de pelo gris alborotado y piel rojiza vistiendo un chaleco publicitario de una ebanistería sobre una camisa a rayas, vestía ojos de borracho o de llorador.
Su mano flotante esperaba a que el valor de la vida reposara en el fondo del sombrero que sujetaba, aún siendo cierto que el valor de la vida no sabe volar ni esperar en una superficie como para reposar.
El astronauta apartó la escafandra de su cabeza y colocó ésta en su sombrero. Relajó el paso. Llegaba tarde al trabajo y ya habían cavado una fosa con los dedos en los bolsillos mientras permanecía sentado en una rama arrancando con la cuchara la escasa azúcar que quedaba en el reloj. Sólo tenía un círculo de café cortado cósmico en un mapa incierto de barrios interestelares, en los cuales dejaban secar la miseria tendida en ventanas distorsionadas de lo desconocido, y observaba cómo tras bajar las escaleras Charles Conrad se tumbó en aquella fosa con la cara del mendigo.
Dejó caer la basura estelar en las raíces del árbol, siendo éstas últimas la súbita calma de la infancia, y volvió a la astronave con la galaxia en el llavero pensando que le depararía el consumismo en otro Universo.








